La Gran Esperanza

La Gran Esperanza

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¿PORQUE EXISTE EL SUFRIMIENTO?

¿PORQUE EXISTE EL SUFRIMIENTO?

Muchos observan la obra del mal, con sus desgracias y su desolación, y se preguntan cómo puede existir eso bajo la soberanía del Ser infinito en sabiduría, poder y amor. Los propensos a dudar dicen esto como una excusa para rechazar las palabras de las Sagradas Escrituras. La tradición y las falsas interpretaciones han oscurecido la enseñanza de la Biblia concerniente al carácter de Dios, la naturaleza de su gobierno y los principios que rigen la forma en que él se relaciona con el pecado. Es imposible explicar el origen del pecado como para dar una razón de su existencia. Sin embargo, puede entenderse lo suficiente con respecto a su comienzo y su situación final como para que resulten plenamente manifiestas la justicia y la benevolencia de Dios. Dios de ninguna manera es responsable del mal; no retiró arbitrariamente la gracia divina, ni hubo deficiencia en el gobierno de Dios que diera ocasión a la rebelión. El pecado es un intruso por cuya presencia no puede darse razón alguna. Excusarlo sería defenderlo. Si se pudiera encontrar una excusa por él, dejaría de ser pecado. El pecado es el desarrollo de un principio que está en guerra contra la ley de amor, la cual es el fundamento del gobierno divino. Antes de la entrada del mal había paz y gozo por todo el universo. El amor a Dios era supremo, y el amor mutuo entre los seres era imparcial. Cristo, el Hijo unigénito de Dios, era uno con el Padre eterno en naturaleza, en carácter, en propósito; el único ser que podía entrar en todos los consejos y los propósitos de Dios. “Porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos... sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades” (Colosenses 1:16). Siendo la ley de amor el fundamento del gobierno de Dios, la felicidad de todos los seres creados dependía de su armonía con sus principios de justicia. Dios de ninguna manera se complace en una lealtad forzada, y a todos concede libertad de elección, con el fin de que puedan rendirle un servicio voluntario. Pero hubo uno que escogió pervertir esta libertad. El pecado se originó con uno que, siendo el primero después de Cristo, había sido el más honrado por Dios. Antes de su caída, Lucifer era el primero de los querubines cubridores, santo e incontaminado. “Así ha dicho Jehová, el Señor: ‘Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y de acabada hermosura. En Edén, en el huerto de Dios, estuviste. De toda piedra preciosa era tu vestidura... Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios. Allí estuviste, y en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad... Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor’ ”. “Pusiste tu corazón como el corazón de un dios”. “Tú que decías... Subiré al cielo. En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono y en el monte del testimonio me sentaré... sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Ezequiel 28:12-17, 6; Isaías 14:13, 14). Codiciando el honor que el Padre había otorgado a su Hijo, este príncipe de los ángeles aspiró a poseer un poder cuyo ejercicio era una prerrogativa de Cristo. Una nota discordante echó a perder la armonía celestial. La exaltación del yo despertó presentimientos de mal en la mente de aquellos para quienes la gloria de Dios era suprema. Los concilios celestiales argumentaron con Lucifer. El Hijo de Dios presentó delante de él la bondad y la justicia del Creador, y la naturaleza sagrada de su Ley. Al apartarse de ella, Lucifer iba a deshonrar a su Hacedor y traer ruina sobre sí mismo. Pero la advertencia solo despertó resistencia. Lucifer permitió que prevalecieran los celos contra Cristo. El orgullo alimentó el deseo de supremacía. Los altos honores conferidos a Lucifer no despertaron un sentimiento de gratitud hacia el Creador. Él deseaba ser igual a Dios. Pero el Hijo de Dios era el Soberano reconocido del cielo, uno en poder y autoridad con el Padre. Cristo participaba en todos los consejos de Dios, pero a Lucifer no se le permitía entrar en los propósitos divinos. Entonces este ángel poderoso comenzó a cuestionar: “¿Por qué debe Cristo tener la supremacía? ¿Por qué él resulta honrado de esta manera por sobre mí?” Descontento entre los ángeles – Abandonando su lugar en la presencia de Dios, Lucifer salió a difundir el descontento entre los ángeles. Actuando con un sigilo misterioso, ocultando su verdadero propósito bajo la apariencia de reverencia a Dios, trataba de excitar el desafecto hacia las leyes que gobernaban a los seres celestiales diciendo que ellas imponían restricciones innecesarias. Siendo que los ángeles eran de naturaleza santa, insistía en que estos debían obedecer los dictados de su propia voluntad. Que Dios había obrado con injusticia al otorgarle supremo honor a Cristo. Él alegaba que no se proponía la exaltación propia sino que estaba tratando de lograr libertad para todos los habitantes del cielo, con el fin de que ellos alcanzaran una existencia superior. Dios soportó por largo tiempo a Lucifer. Este no fue degradado de su posición exaltada aun cuando empezó a presentar declaraciones falsas ante los ángeles. Una y otra vez se le ofreció perdón a condición de arrepentimiento y sumisión. Se hicieron esfuerzos que solo el amor infinito podía idear para convencerlo de su error. El descontento nunca se había conocido en el cielo. Lucifer mismo, al principio, no entendía la verdadera naturaleza de sus sentimientos. Cuando comprobó que su insatisfacción no tenía causa, Lucifer se convenció de que los principios divinos eran justos y de que él debía reconocerlos ante todo el cielo. Si hubiera hecho esto, se habría salvado a sí mismo y a muchos ángeles. Si hubiera estado dispuesto a regresar a Dios, y se hubiese sentido satisfecho de ocupar el lugar que le fuera señalado, habría sido restablecido en su función. Pero el orgullo le impidió someterse. Sostuvo que no tenía necesidad de arrepentirse, y se empeñó totalmente en el gran conflicto contra su Hacedor. Todas las facultades de su mente maestra se empeñaron ahora en una obra de engaño, para asegurarse la simpatía de los ángeles. Satanás afirmó que había sido juzgado erróneamente y que su libertad había sido restringida. Con engañosas interpretaciones de las palabras de Cristo, trató de usar falsedades, acusando al Hijo de Dios de que deseaba humillarlo ante los habitantes del cielo. A todos aquellos a quienes no podía sobornar y ganar para su lado, los acusaba de indiferencia a los intereses de los seres celestiales. Usaba el recurso de falsear el carácter del Creador. Su método consistía en llevar la perplejidad a la mente de los ángeles con argumentos sutiles en cuanto a los propósitos de Dios. Todo lo que era sencillo lo envolvía en el misterio y, mediante una perversión astuta, arrojaba dudas sobre las más sencillas declaraciones de Dios. Su alta posición daba más fuerza a sus argumentos. Muchos fueron inducidos a unirse con él en la rebelión. El descontento culmina en una rebelión abierta – Dios, en su sabiduría, permitió que Satanás llevara adelante su obra, hasta que el espíritu de descontento maduró en la revuelta. Era necesario que sus planes se desarrollaran plenamente, para que su verdadera naturaleza pudiera ser apreciada por todos. Lucifer era grandemente amado por los seres angelicales, y su influencia sobre ellos era poderosa. El gobierno de Dios incluía no solamente a los habitantes del cielo, sino también de todos los mundos que él había creado; y Satanás pensó que si él podía llevar consigo a los ángeles en su rebelión, también podía hacerlo en los otros mundos. Empleando la astucia y el fraude, su poder para engañar fue muy grande. Aun los ángeles leales no pudieron discernir plenamente su carácter ni ver a qué cosa estaba conduciendo su obra. Satanás había sido tan altamente honrado, y todos sus actos estaban tan revestidos de misterio, que era difícil que los ángeles descubrieran la verdadera naturaleza de su obra. Hasta que no se desarrolla plenamente, el pecado no aparece como el mal que realmente es. Los seres celestiales no podían discernir las consecuencias de apartarse de la Ley divina pues, al comienzo, Satanás aparentaba promover el honor de Dios y el bien de todos los habitantes del cielo. En su relación con el pecado, Dios podía emplear solo la justicia y la verdad. Satanás podía usar lo que Dios no podía: la adulación y el engaño. El verdadero carácter del usurpador debía ser entendido por todos. Debía tener tiempo para automanifestarse mediante sus obras malvadas. Satanás culpaba a Dios de la discordia que su propia conducta había causado en el cielo. Todo el mal, declaraba él, era el resultado de la administración divina. Por tanto, era necesario que se evidenciaran las consecuencias de los cambios que él proponía en la Ley divina. Es decir, su propia obra debía condenarlo; el universo entero debía ver al engañador desenmascarado. Aun cuando se decidió que él no podía quedar más en el cielo, la Sabiduría infinita no destruyó a Satanás. La lealtad de las criaturas de Dios debe descansar sobre la confianza en la justicia divina. Los habitantes del cielo y de los otros mundos, al no estar preparados entonces para comprender las consecuencias del pecado, no habrían visto la justicia y la misericordia de Dios en la destrucción de Satanás. Si él hubiera sido inmediatamente eliminado de la existencia, ellos habrían servido a Dios por temor antes que por amor. La influencia del engañador no habría sido completamente destruida, ni erradicado el espíritu de rebelión. Por el bien del universo a través de las edades eternas, Satanás debía desarrollar más plenamente sus principios, para que sus acusaciones contra el gobierno divino pudieran ser vistas tal como son por todos los seres creados. La rebelión de Satanás habría de ser, para el universo, un testimonio de los terribles resultados del pecado. Su gobierno debía mostrar los frutos de apartarse de la autoridad divina. La historia de este terrible experimento de rebelión habría de ser una salvaguardia perpetua para todas las santas inteligencias, con el fin de salvarlas del pecado y de su castigo. Cuando se anunció que, junto con todos sus simpatizantes, el gran usurpador debía ser arrojado de las moradas de bendición, el dirigente rebelde abiertamente declaró su desacato a la Ley del Creador. Denunció los estatutos divinos como una restricción de la libertad y afirmó su propósito de obtener la abolición de la Ley. Libres de esta restricción, las huestes del cielo podrían entrar en un estado de existencia más exaltado. Expulsado del cielo – Satanás y su hueste arrojaron la culpa de su rebelión sobre Cristo; declararon que si no hubieran sido reprobados nunca se habrían rebelado. Contumaces y desafiantes, y sin embargo reclamando en forma blasfema ser víctimas inocentes de un poder opresivo, el archirrebelde y sus simpatizantes fueron expulsados del cielo (ver Apocalipsis 12:7-9). El espíritu de Satanás todavía inspira rebelión sobre la Tierra en los hijos de desobediencia. A semejanza de él, estos prometen a los hombres libertad para transgredir la Ley de Dios. La reprobación del pecado todavía despierta odio. Satanás induce a los hombres a justificarse a sí mismos y a buscar la simpatía de otros en su pecado. En lugar de corregir sus errores, excitan indignación contra quien los reprueba, acusándolo de ser la causa de la dificultad. Usando la misma falsa representación del carácter de Dios que él había practicado en el cielo, haciendo que se considere a Dios como severo y tiránico, Satanás indujo al hombre a pecar. Luego declaró que las restricciones de Dios son injustas y que ellas condujeron al hombre a la caída, así como lo han inducido a él mismo a su rebelión. Al expulsar a Satanás del cielo, Dios manifestó su justicia y su honor. Pero, cuando el hombre pecó, Dios le dio evidencia de su amor cediendo a su Hijo para que muriera por la raza caída. En la expiación se revela el carácter de Dios. El poderoso argumento de la cruz demuestra que el pecado de ninguna manera podía atribuirse al gobierno de Dios. Durante el ministerio terrenal del Salvador, el gran engañador fue desenmascarado. La atrevida blasfemia de su exigencia de que Cristo le rindiera homenaje, la malicia siempre creciente con que lo persiguió de lugar en lugar, inspirando el corazón de los sacerdotes y el del pueblo a rechazar su amor y a gritar: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”, todo esto despertó el asombro y la indignación del universo. El príncipe del mal ejerció todo su poder y su astucia para destruir a Jesús. Satanás empleó a hombres como agentes suyos para llenar la vida del Salvador con sufrimiento y dolor. Los fuegos acumulados de la envidia y la malicia, del odio y la venganza, explotaron en el Calvario contra el Hijo de Dios. En ese lugar la culpa de Satanás se destacó sin excusa; reveló sus verdaderos sentimientos. Las acusaciones mentirosas del diablo contra el carácter divino aparecieron con toda claridad. Él había acusado a Dios de buscar la exaltación de sí mismo al exigir obediencia de parte de sus criaturas, y había declarado que el Creador exigía la abnegación de parte de los demás pero no practicaba ninguna abnegación ni hacía sacrificio alguno. Ahora se veía que el Gobernante del universo había hecho el mayor sacrificio que el amor puede realizar, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19). Con el fin de destruir el pecado, Cristo se había humillado a sí mismo y había llegado a ser obediente hasta la muerte. Un argumento en favor del hombre – Todo el cielo vio la justicia de Dios revelada. Lucifer había aseverado que la raza pecadora estaba más allá de toda redención. Pero la penalidad de la Ley cayó sobre el Ser que era igual a Dios, y el hombre estaba libre para aceptar la justicia de Cristo y, por medio del arrepentimiento y la humillación, triunfar sobre el poder de Satanás. Pero no fue solamente para redimir al hombre que Cristo vino a la Tierra a morir. Él vino a demostrar a todos los mundos que la Ley de Dios es incambiable. La muerte de Cristo prueba que ella es inmutable, y demuestra que la justicia y la misericordia son el fundamento del gobierno de Dios. En el juicio final se verá que no existe ninguna causa para el pecado. Cuando el Juez de toda la Tierra interrogue a Satanás: “¿Por qué te has rebelado contra mí?”, el originador del pecado no podrá presentar ninguna excusa. En el clamor que señaló la muerte del Salvador, “sonó el toque de agonía de Satanás”. El gran conflicto,[1] que había durado tanto tiempo, quedó entonces definido; la erradicación final del mal, asegurada. Cuando venga “el día ardiente como un horno... todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa. Aquel día que vendrá los abrasará, dice Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama” (Malaquías 4:1). Nunca volverá a manifestarse el mal. La Ley de Dios será honrada como la ley de la libertad. Habiendo pasado por tal prueba y experiencia, la creación no se apartará nunca más de la lealtad al Ser cuyo carácter quedó manifestado como un amor insondable y una sabiduría infinita.

NUESTRA UNICA SALVAGUARDIA

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Al pueblo de Dios se le indica que busque en las Escrituras su salvaguardia contra los falsos maestros y los espíritus de las tinieblas. Satanás emplea todo medio posible para impedir que los hombres obtengan el conocimiento de la Biblia, cuyo claro lenguaje revela sus engaños. A cada nuevo reavivamiento de la obra de Dios, él opone una actividad intensamente mayor, por lo que pronto se desplegará ante nosotros el engaño final contra Cristo y sus seguidores. La falsificación se asemejará tanto a la verdad que será imposible distinguir entre las dos cosas, a no ser con la ayuda de las Escrituras. Los que se empeñan en obedecer todos los mandamientos de Dios encontrarán oposición y enfrentarán el ridículo. Para soportar la prueba deben entender la verdad de Dios tal como está revelada en su Palabra. Podrán honrarlo solo cuando tengan una correcta concepción del carácter, el gobierno y los propósitos de Dios, y cuando al mismo tiempo actúen de acuerdo con ellos. Tan solo los que han fortalecido su mente con las verdades de la Biblia permanecerán de pie en el último gran conflicto. Antes de su crucifixión, el Salvador explicó a sus discípulos que él sería muerto y resucitaría. Ángeles estuvieron presentes para grabar esas palabras en la mente y el corazón de ellos. Pero las palabras fueron desterradas de la mente de los discípulos. Cuando llegó la prueba, la muerte de Jesús destruyó sus esperanzas tan completamente como si no les hubiera advertido de antemano. Así también, en las profecías, el futuro está abierto ante nosotros tal como fue presentado por Cristo delante de los discípulos. Pero las multitudes entienden estas importantes verdades de modo tan incompleto que parecen como si nunca hubiesen sido reveladas. Cuando Dios envía advertencias, exige que cada persona con uso de razón preste atención al mensaje. Los terribles juicios contra el culto a la bestia y su imagen (ver Apocalipsis 14:9-11) deben inducir a todos a enterarse de lo que es la marca de la bestia y cómo evitar recibirla.[1] Pero las masas de la gente no quieren la verdad bíblica, porque esta se opone a los deseos del corazón pecador. Y Satanás suministra los engaños que esas masas humanas aman. Pero Dios tendrá un pueblo que se aferrará a la Biblia, y únicamente a la Biblia, como la norma de toda doctrina y la base de todas las reformas. Las opiniones de los hombres sabios, las deducciones de la ciencia, las decisiones de los concilios eclesiásticos, la voz de la mayoría, ninguna de estas cosas debe ser considerada como evidencia a favor o en contra de alguna doctrina. Debemos exigir un claro “Así dice el Señor”. Satanás induce a la gente a mirar a los pastores (ministros, clérigos), a los profesores de teología y a otros como su guía, en lugar de investigar las Escrituras por sí mismos. Al controlar a estos dirigentes, él puede manejar a las multitudes. Cuando Cristo vino, el pueblo común lo escuchaba con alegría. Pero los principales líderes de los sacerdotes y los dirigentes se atrincheraron en sus prejuicios; rechazaron la evidencia de su condición de Mesías. Y la gente preguntaba: “¿Cómo es que nuestros gobernantes y sabios escribas no creen en Jesús?” Tales maestros condujeron a la nación judía a rechazar al Redentor. La exaltación de la autoridad humana – Cristo vio proféticamente la obra de exaltación de la autoridad humana para regir la conciencia, la cual ha sido una maldición terrible en todos los siglos. Sus advertencias a no seguir a los dirigentes ciegos fueron incorporadas en los registros bíblicos como una amonestación para las futuras generaciones. La Iglesia Romana les reserva a los clérigos el derecho de interpretar las Escrituras. Aunque la Reforma ofreció la Biblia a todos, el mismo principio que Roma sostuvo impide que multitudes, hoy militantes en las iglesias protestantes, investiguen la Biblia por sí mismos. Se les instruye a aceptar las enseñanzas tal como las interpreta la iglesia. Millares de personas no se atreven a recibir nada, por claro que resulte en la Biblia, que sea contrario a su credo. Muchos están listos para encomendar sus almas al clero. Pasan casi completamente por alto las enseñanzas del Salvador. Pero ¿son infalibles los dirigentes religiosos? ¿Cómo podemos confiar en su dirección espiritual a menos que sepamos por la Palabra de Dios que ellos son portadores de luz? La falta de valor moral conduce a muchos a seguir a los hombres, y así se atan desesperadamente al error. Ven en la Biblia la verdad para este tiempo y sienten el poder del Espíritu Santo acompañando su proclamación; sin embargo, le permiten al clero desviarlos de la luz. Satanás se asegura a las multitudes atándolas con las cuerdas de seda del afecto a los que son enemigos de la cruz de Cristo. Este vínculo puede ser el de padres, hijos, esposos o meramente un vínculo social. Las almas que están bajo su dominio no tienen el valor de obedecer sus convicciones del deber. Muchos pretenden que no importa lo que uno crea, con tal que su vida sea recta. Pero la vida es modelada por la fe. Si la verdad está a nuestro alcance y la descuidamos, virtualmente la rechazamos, eligiendo las tinieblas antes que la luz. La ignorancia no es excusa para el error o el pecado, cuando existen todas las oportunidades para conocer la voluntad de Dios. Un hombre que viaja llega a un lugar desde donde salen distintos caminos y donde hay postes que indican adónde conduce cada uno de ellos. Si el viajero no presta atención a las señales y toma cualquier camino que le parezca correcto, puede ser sincero, pero con toda probabilidad se hallará en el camino equivocado. El primero y más elevado deber – No es suficiente tener buenas intenciones, hacer lo que uno piensa que es correcto o lo que el ministro le diga que está bien. Uno debe investigar las Escrituras por sí mismo. Tenemos un mapa que contiene todas las indicaciones para el viaje al cielo, y no debemos asumir ninguna suposición. El primero y el más elevado de los deberes de todo ser racional es aprender de las Escrituras lo que es verdad, y luego andar de acuerdo con el conocimiento que se tiene y animar a otros a seguir el propio ejemplo. Hemos de formar nuestras opiniones por nosotros mismos, siendo que por nosotros mismos hemos de responder delante de Dios. Hombres instruidos, con la pretensión de tener una gran sabiduría, enseñan que las Escrituras tienen un significado secreto y espiritual que no resulta claro en el lenguaje empleado. Esos hombres son falsos maestros. El lenguaje de la Biblia debe explicarse de acuerdo con su sentido obvio, a menos que se emplee un símbolo o una figura. Si los hombres solo tomaran la Biblia tal como se lee, se realizaría una obra que traería a las filas del cristianismo a millares y millares que ahora están extraviados en el error. Muchos pasajes de las Escrituras –que hombres instruidos pasan por alto como algo sin importancia– se hallan llenos de consuelo para el que está siendo enseñado en la escuela de Cristo. La comprensión de la verdad bíblica no depende tanto del poder del intelecto empeñado en la investigación, sino de la sencillez de propósito y del anhelo ferviente de justicia. Resultados de descuidar la oración y el estudio de la Biblia – Nunca se debería estudiar la Biblia sin oración. El Espíritu Santo es el único que puede hacernos sentir la importancia de las cosas que son fáciles de entender, o impedir que malinterpretemos verdades difíciles. Los ángeles celestiales preparan nuestro corazón para que comprendamos la Palabra de Dios. Seremos cautivados por su belleza, fortalecidos por sus promesas. Las tentaciones a menudo parecen irresistibles porque la persona probada no puede recordar rápidamente las promesas de Dios y hacer frente a Satanás con las armas de las Escrituras. Pero los ángeles se hallan junto a los que están deseosos de aprender, y ellos traerán a su recuerdo las verdades que necesitan. “El Espíritu Santo... os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho” (S. Juan 14:26). Pero las enseñanzas de Cristo deben haber sido previamente almacenadas en la mente como para que el Espíritu de Dios las refresque en nuestra memoria en tiempos de peligro. El destino de innumerables multitudes de la Tierra está por decidirse. Todo seguidor de Cristo debe preguntarse fervientemente: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6). Debemos buscar ahora una experiencia profunda y viviente en las cosas de Dios. No tenemos un minuto que perder. Estamos en el terreno hechizado de Satanás. ¡No se duerman, centinelas de Dios! Muchos se felicitan por los malos actos que no cometen. Pero no es suficiente que sean árboles en el jardín de Dios. Deben llevar frutos. De lo contrario, en los libros del cielo serán anotados como obstáculos en el terreno. Sin embargo el corazón de Dios, lleno de amor paciente, todavía intercede ante las almas que no han prestado atención a la misericordia divina y han abusado de su gracia. En el verano no existe una diferencia notable entre los árboles de hojas perennes y los que las pierden; pero, cuando llegan las ráfagas del invierno, los de hojas perennes permanecen sin cambio, en tanto que los demás árboles pierden su follaje. Dejen que se levante la oposición y que reine la intolerancia, dejen que se encienda la persecución, y los tibios e hipócritas cederán en su fe; pero el verdadero cristiano permanecerá firme, con su fe fuerte y con su esperanza más brillante que en los días de prosperidad. “Será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces. No temerá cuando llegue el calor, sino que su hoja estará verde. En el año de sequía no se inquietará ni dejará de dar fruto” (Jeremías 17:8).

PAZ VERDADERA

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Dondequiera que los siervos de Dios predicaban con fidelidad la Palabra de Dios, se veían resultados que atestiguaban su origen divino. Los pecadores sentían despertarse su conciencia. Una profunda convicción tomaba posesión de su mente y su corazón. Tenían conciencia de la justicia de Dios, y clamaban: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Al serles revelada la cruz, veían que nada sino los méritos de Cristo podía expiar sus transgresiones. Por medio de la sangre de Jesús, ellos lograban el perdón de “los pecados pasados” (Romanos 3:25). Los que creían y eran bautizados iniciaban una vida nueva, por la fe en el Hijo de Dios, para seguir en sus pisadas, para reflejar su carácter y para purificarse a sí mismos como él es puro. Las cosas que una vez odiaban ahora las amaban, y las cosas que una vez amaban ahora las odiaban. El orgulloso se hacía humilde, los vanidosos y arrogantes se convertían en serios y discretos. Los borrachos se volvían sobrios; y los corrompidos, puros. Los cristianos no buscaban el adorno “exterior –consistente en peinados rebuscados, alhajas de oro y vestidos lujosos–, sino la actitud interior del corazón, el adorno incorruptible de un espíritu dulce y sereno. Esto es lo que vale a los ojos de Dios” (1 S. Pedro 3:3, 4, LPD). Los reavivamientos se caracterizaban por solemnes llamamientos dirigidos a los pecadores. Los frutos se veían en personas que no rehuían la abnegación sino que se regocijaban en ser tenidas por dignas de sufrir por causa de Cristo. Los hombres contemplaban una transformación en los que profesaban el nombre de Jesús. Tales eran los resultados que en las épocas pasadas se manifestaban en los despertares religiosos. Pero muchos reavivamientos de los tiempos modernos representan un señalado contraste con aquellas manifestaciones. Es cierto que muchos profesan haberse convertido, y hay grandes aumentos en el número de miembros de iglesia. Sin embargo los resultados no son tales que justifiquen la creencia de que se haya producido un aumento correspondiente de la verdadera vida espiritual. La luz que brilla por un tiempo pronto se apaga. Los reavivamientos populares demasiado a menudo excitan las emociones y satisfacen el amor por lo que es nuevo y asombroso. Pero los nuevos conversos poseen poco deseo de escuchar la verdad de la Biblia. A menos que un servicio religioso tenga algo de sensacional, no tiene atractivo para ellos. Para toda alma verdaderamente convertida, la relación con Dios y con las cosas eternas será su mayor interés en la vida. ¿Dónde está en las iglesias populares el espíritu de consagración a Dios? Los conversos no renuncian al orgullo ni al amor al mundo. No están más dispuestos a negarse a sí mismos y a seguir al manso y humilde Jesús que antes de su conversión. La piedad casi ha desaparecido de muchas de las iglesias. Los verdaderos seguidores de Cristo – Pero, a pesar de la amplia decadencia de la fe, hay verdaderos seguidores de Cristo en estas iglesias. Antes que caigan los juicios finales de Dios, habrá dentro del pueblo del Señor un reavivamiento de la piedad primitiva como no ha sido presenciado desde los tiempos apostólicos. El Espíritu de Dios será derramado. Muchos se separarán de las iglesias en las cuales el amor al mundo ha reemplazado al amor a Dios y a su Palabra. Muchos dirigentes y muchos creyentes aceptarán con alegría las grandes verdades que preparan a un pueblo para la segunda venida del Señor. El enemigo de las almas desea impedir esta obra y, antes que llegue el tiempo para que se produzca este movimiento, él tratará de impedirlo introduciendo una falsificación. En las iglesias que él pueda poner bajo su control, hará parecer que se está derramando la bendición especial de Dios. Multitudes se alegrarán de que Dios esté obrando maravillosamente, cuando en realidad la obra será realizada por otro espíritu. Bajo un disfraz religioso, Satanás buscará extender su influencia sobre el mundo cristiano. Hay una excitación emocional, una mezcla de lo verdadero y lo falso, bien adaptada para engañar. Sin embargo, a la luz de la Palabra de Dios, no es difícil determinar la naturaleza de estos movimientos. Dondequiera que los hombres descuiden el testimonio de la Biblia y se aparten de las verdades claras –que son una prueba para el alma, ya que requieren abnegación y renuncia al mundo–, podemos estar seguros de que no se les ha concedido la bendición de Dios. Y, usando la regla de que “por sus frutos los conoceréis” (S. Mateo 7:16), es evidente que estos movimientos no son la obra del Espíritu de Dios. Las verdades de la Palabra de Dios son el escudo contra los engaños de Satanás. El descuido de estas verdades ha abierto la puerta a los males hoy tan extendidos en el mundo. La importancia de la Ley de Dios se ha perdido de vista en gran medida. Una falsa concepción de la Ley divina ha conducido a errores con respecto a la conversión y la santificación, rebajando la norma de piedad. Aquí es donde ha de hallarse el secreto de la falta del Espíritu de Dios en los reavivamientos de nuestro tiempo. La ley de libertad – Muchos maestros religiosos aseguran que Cristo, por medio de su muerte, abolió la Ley. Algunos la presentan como un yugo pesado y, en contraste con la “esclavitud” de la Ley, presentan la “libertad” que ha de gozarse bajo el evangelio. Pero los profetas y los apóstoles no consideraron de esta manera la santa Ley de Dios. Dijo David: “Andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos” (Salmo 119:45). El apóstol Santiago se refiere al Decálogo como “la perfecta ley, la de la libertad” (Santiago 1:25). El revelador de Patmos pronuncia una bendición sobre los que “guardan sus mandamientos, para que su potencia sea en el árbol de la vida, y que entren por las puertas en la ciudad” (Apocalipsis 22:14, RVA). Si hubiera sido posible que la Ley fuera cambiada o anulada, Cristo no habría necesitado morir para salvar al hombre de la penalidad del pecado. El Hijo de Dios vino a engrandecer la Ley y hacerla honorable (ver Isaías 42:21). Él dijo: “No penséis que he venido a abolir la Ley... De cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley” (S. Mateo 5:17, 18). Y declaró con respecto a sí mismo: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu Ley está en medio de mi corazón” (Salmo 40:8). La Ley de Dios es inmutable porque es una revelación del carácter de su Autor. Dios es amor, y su Ley es amor. “El cumplimiento de la Ley es el amor” (Romanos 13:10). Dijo el salmista: “Tu Ley [es] la verdad”; “todos tus mandamientos son justicia” (Salmo 119:142, 172). Y San Pablo declara: “La Ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). Una Ley semejante debe ser tan eterna como su Autor. La obra de la conversión y la santificación consiste en reconciliar a los hombres con Dios, poniéndolos en armonía con los principios de su Ley. En el principio, el hombre estaba en perfecta armonía con la Ley de Dios. Pero el pecado lo apartó de su Hacedor. Su corazón ahora estaba en guerra contra la Ley de Dios. “Los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). Pero “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”, para que el hombre pueda ser reconciliado con Dios, restaurado a la armonía con su Hacedor. Este cambio es el nuevo nacimiento, sin el cual nadie “puede ver el reino de Dios” (S. Juan 3:16, 3). Convicción de pecado – El primer paso en la reconciliación con Dios es la convicción de pecado. “El pecado es infracción de la Ley”. “Por medio de la Ley es el conocimiento del pecado” (1 S. Juan 3:4; Romanos 3:20). Con el fin de que pueda ver su culpa, el pecador debe considerar su situación frente al espejo de Dios, el cual muestra lo que debe ser un carácter justo y capacita a la persona para ver los defectos del propio carácter. La Ley revela al hombre su pecado, pero no proporciona ningún remedio. Declara que la muerte es la suerte del transgresor. Solo el evangelio de Cristo puede librar al hombre de la condenación o la contaminación del pecado. El pecador debe ejercer arrepentimiento hacia Dios, cuya Ley ha sido transgredida, y fe en Cristo, su sacrificio expiatorio. Así obtiene el perdón de “los pecados cometidos anteriormente” (Romanos 3:25, VM) y llega a ser un hijo de Dios. Lutero ilustra cómo encontrar perdón y salvación – El deseo de reconciliarse con Dios indujo a Martín Lutero a dedicarse a la vida monástica. En ella se le pidió que realizara los trabajos penosos más bajos y que pidiera limosna de puerta en puerta. Pacientemente soportó esta humillación, creyendo que era necesaria a causa de sus pecados. Llevó una vida muy rigurosa, tratando, mediante el ayuno, las vigilias y los azotes, de dominar los males de su naturaleza. Más tarde dijo: “Si alguna vez un monje pudiera obtener el cielo por sus obras monásticas, yo ciertamente tendría derecho a ello... Si hubiera continuado mucho tiempo más, mis mortificaciones me habrían llevado aun hasta la muerte”.[1] Pero a pesar de todos sus esfuerzos, su alma cargada no encontró alivio. Finalmente llegó al límite de la desesperación. Cuando parecía que todo estaba perdido, Dios le dio un amigo. Staupitz ayudó a Lutero a comprender la Palabra de Dios, y le pidió que dejara de mirarse a sí mismo y fijara la vista en Jesús. “En vez de torturarte debido a tus pecados, arrójate en los brazos del Redentor. Confía en él, en la justicia de su vida, en la expiación de su muerte... El Hijo de Dios... se hizo hombre para darte la seguridad del favor divino... Ama al que te amó primero”.[2] Sus palabras hicieron una profunda impresión en la mente de Lutero. Su alma atribulada se vio inundada de paz. Más tarde, la voz de Lutero se oía en solemnes advertencias desde el púlpito. Presentaba delante del pueblo el carácter ofensivo del pecado y enseñaba que es imposible que el hombre, por sus propias obras, aminore su culpa o escape al castigo. Nada sino el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo pueden salvar al pecador. La gracia de Cristo no puede comprarse; es un don gratuito. Aconsejaba al pueblo a no comprar indulgencias, sino a mirar con fe al Redentor crucificado. Relataba su propia y dolorosa experiencia, y aseguraba a sus oyentes que había sido por la fe en Cristo como había encontrado paz y gozo. ¿El perdón nos libra de obedecer? – El pecador perdonado ¿está libre para transgredir la Ley de Dios? Dice San Pablo: “¿Por la fe invalidamos la Ley? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la Ley”. “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” San Juan también declara: “Este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos”. En el nuevo nacimiento, el corazón es puesto en armonía con Dios y en armonía con su Ley. Cuando este cambio ha ocurrido en el pecador, él ha pasado de muerte a vida, de la transgresión y la rebelión a la obediencia y la lealtad. La antigua vida ha terminado; la nueva vida de reconciliación, fe y amor ha comenzado. Entonces, “la justicia de la Ley” se cumplirá “en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Y el lenguaje del alma será: “¡Cuánto amo yo tu Ley! ¡Todo el día es ella mi meditación!” (Romanos 3:31; 6:2; 1 S. Juan 5:3; Romanos 8:4; Salmo 119:97). Sin la Ley, los hombres no tienen verdadera convicción del pecado y no sienten ninguna necesidad de arrepentimiento. No se dan cuenta de que necesitan la sangre expiatoria de Cristo. La esperanza de la salvación es aceptada sin un cambio radical del corazón y sin una reforma de la vida. Así abundan las conversiones superficiales, y así ingresan a la iglesia multitudes que jamás se han unido a Cristo. ¿Qué es la santificación? – Del descuido o del rechazo de la Ley divina también surgen teorías erróneas con respecto a la santificación. Estas teorías, falsas en materia de doctrina y peligrosas en cuanto a los resultados prácticos, están hallando aceptación general. San Pablo declara: “La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). La Biblia enseña claramente qué es la santificación y cómo ha de conseguirse. El Salvador oró por sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (S. Juan 17:17). Y San Pablo enseña que los creyentes han de ser santificados por el Espíritu Santo (ver Romanos 15:16). ¿Cuál es la obra del Espíritu Santo? Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (S. Juan 16:13). Y el salmista dice: “Tu Ley [es] la verdad” (Salmo 119:142). Puesto que la Ley de Dios es santa, justa y buena, un carácter formado gracias a la obediencia de esa Ley será santo. Cristo es el perfecto ejemplo de un carácter tal. Él dice: “He guardado los mandamientos de mi Padre”. “Hago siempre lo que le agrada” (S. Juan 15:10; 8:29). Los seguidores de Cristo han de llegar a ser semejantes a él; por la gracia de Dios han de formar caracteres que estén de acuerdo con los principios de su santa Ley. Esta es la santificación bíblica. Solo por medio de la fe – Esta obra puede realizarse solamente gracias a la fe en Cristo, por el poder del Espíritu Santo que mora en el interior de la persona. El cristiano sentirá las tentaciones del pecado, pero se mantendrá constantemente en guerra contra él. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con el poder divino, y la fe exclama: “Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57). La obra de la santificación es progresiva. Cuando en la conversión el pecador encuentra paz con Dios, la vida cristiana apenas ha comenzado. Ahora ha de extenderse hacia “la perfección”; ha de crecer “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. El apóstol Pablo nos dice: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Hebreos 6:1; Efesios 4:13; Filipenses 3:13, 14). Los que experimentan la santificación bíblica manifestarán humildad. Verán su propia indignidad en contraste con la perfección del Infinito. El profeta Daniel fue un ejemplo de verdadera santificación. En lugar de pretender ser puro y santo, este honrado profeta se identificó a sí mismo con los que eran verdaderamente pecadores en Israel al interceder ante Dios en favor de su pueblo (ver Daniel 9:15, 18, 20; 10:8, 11). No puede haber ensalzamiento de sí mismo ni pretensión jactanciosa de estar libre de pecado por parte de quienes caminan a la sombra de la cruz del Calvario. Ellos sienten que fue su pecado el que produjo la agonía que quebrantó el corazón del Hijo de Dios, y este pensamiento los guiará a un espíritu de humildad. Los que viven más cerca de Jesús comprenden más claramente la fragilidad y la pecaminosidad de su condición humana, y su única esperanza está en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado. La santificación que es ahora muy popular en el mundo religioso lleva consigo un espíritu de exaltación propia y descuido de la Ley de Dios que la señala como ajena a la Biblia. Sus defensores enseñan que la santificación es una obra instantánea mediante la cual, a través de la “fe sola”, ellos logran la perfecta santidad. Dicen: “Cree solamente, y la bendición es tuya”. No se espera que haya más esfuerzo por parte de quien la recibe. Y al mismo tiempo niegan la autoridad de la Ley de Dios, insistiendo en que están exentos de la obligación de guardar los mandamientos. Pero ¿es posible ser santo sin llegar a estar en armonía con los principios que expresan la naturaleza y voluntad de Dios? El testimonio de la Palabra de Dios está en contra de esta doctrina engañosa de una fe sin obras. No es fe lo que reclama el favor del Cielo sin cumplir con las condiciones según las cuales la misericordia ha de ser concedida. Es presunción (ver Santiago 2:14-24). Nadie se engañe a sí mismo pensando que puede llegar a ser santo mientras voluntariamente viola uno de los requerimientos de Dios. El pecado acariciado silencia la voz del Espíritu y separa el alma de Dios. Aunque San Juan habla mucho del amor, no titubea en revelar el verdadero carácter de las personas que pretenden estar santificadas mientras viven transgrediendo la Ley de Dios. “El que dice: ‘Yo le conozco, pero no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso y la verdad no está en él. Pero el que guarda su palabra, en ese verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado” (1 S. Juan 2:4, 5). Aquí está la prueba de la profesión de cada hombre. Si los hombres empequeñecen y le restan importancia a los preceptos de Dios, si violan el menor de esos mandamientos y así enseñan a los hombres, podemos saber que su pretensión es sin fundamento (ver S. Mateo 5:18, 19). Pretender estar libre de pecado es evidencia de que quien lo afirma está lejos de ser santo. No tiene un verdadero concepto de la pureza y santidad infinitas de Dios, ni de la malignidad del mal y el pecado. Cuanto mayor sea la distancia entre Cristo y él, más justo aparecerá a sus propios ojos. Santificación bíblica – La santificación abarca el ser entero: el espíritu, el alma y el cuerpo (ver 1 Tesalonicenses 5:23). A los cristianos se les pide que presenten sus cuerpos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). Toda práctica que debilite las fuerzas físicas o mentales incapacita al hombre para el servicio de su Creador. Los que aman a Dios tratarán constantemente de colocar toda facultad de su ser en armonía con las leyes que promueven su capacidad para hacer la voluntad divina. Ellos no debilitarán ni contaminarán la ofrenda que presenten a su Padre celestial satisfaciendo el apetito o la pasión. Toda gratificación pecaminosa tiende a oscurecer y a debilitar las percepciones mentales y espirituales; la Palabra o el Espíritu de Dios pueden hacer apenas una débil impresión en el corazón. “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). ¡Cuántos cristianos profesos están debilitando su semejanza divina mediante la glotonería, las bebidas alcohólicas, la participación en los placeres prohibidos! Y la iglesia demasiado a menudo estimula el mal y lo fomenta, apelando a los apetitos, el amor al lucro y los placeres, para llenar su tesorería, la cual el amor a Cristo es demasiado débil para colmar. Si Jesús entrara en las iglesias de nuestros días y contemplara los festejos que allí se realizan en el nombre de la religión, ¿no echaría a esos profanadores como arrojó del Templo a los cambistas? “¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros?, pues habéis sido comprados con precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6:19, 20). La persona cuyo cuerpo es templo del Espíritu Santo no será esclavizada con un hábito pernicioso. Sus facultades pertenecen a Cristo. Sus posesiones son del Señor. ¿Cómo podría malgastar el capital que le ha sido confiado? Los cristianos profesos gastan anualmente una inmensa suma en satisfacciones perniciosas. Despojan a Dios de los diezmos y las ofrendas, mientras consumen sobre el altar de la pasión destructora más de lo que dan para aliviar a los pobres o sostener el evangelio. Si todos los que profesan a Cristo fueran verdaderamente santificados, sus medios, en lugar de ser gastados en placeres inútiles y perjudiciales, serían entregados a la tesorería del Señor. Los cristianos darían un ejemplo de temperancia y abnegación. Entonces serían la luz del mundo. “Los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida” dominan a las multitudes (1 S. Juan 2:16). Pero los seguidores de Cristo tienen una vocación más elevada. “Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo impuro”. Para los que cumplen las condiciones, la promesa de Dios es: “Yo os recibiré y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17, 18). Acceso directo a Dios – Cada paso dado en la fe y la obediencia coloca al alma en más estrecha relación con la Luz del mundo. Los brillantes rayos del Sol de Justicia brillan sobre los siervos de Dios, y ellos han de reflejar esos rayos. Las estrellas nos dicen que hay una luz en los cielos cuya gloria las hace brillar; así también los cristianos manifiestan que hay un Dios sobre el trono cuyo carácter es digno de alabar e imitar. La santidad de su carácter será manifiesta en sus testigos. Gracias a los méritos de Cristo tenemos acceso al trono del Poder infinito. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Jesús dice: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” “Si algo pedís en mi nombre, yo lo haré”. “Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo” (Romanos 8:32; S. Lucas 11:13; S. Juan 14:14; 16:24). Cada uno tiene el privilegio de vivir de tal manera que Dios lo apruebe y lo bendiga. No es la voluntad de nuestro Padre celestial que estemos continuamente bajo la condenación de las tinieblas. No es evidencia de verdadera humildad el andar siempre con la cabeza gacha y el corazón lleno de pensamientos sobre uno mismo. Podemos ir a Jesús y ser limpiados, y estar sin vergüenza ni remordimientos en presencia de la Ley. Los hijos caídos de Adán llegan a ser “hijos de Dios” a través de Jesús. Él “no se avergüenza de llamarlos hermanos”. La vida cristiana debe ser una vida de fe, victoria y gozo en Dios. “El gozo de Jehová es vuestra fuerza”. “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (Hebreos 2:11; Nehemías 8:10; 1 Tesalonicenses 5:16-18). Tales son los frutos de la conversión y la santificación bíblicas; y es debido a que los grandes principios de la justicia establecidos en la Ley son considerados con indiferencia por lo que estos frutos se observan raramente. Esta es la razón por la cual se manifiesta tan poco de esa labor profunda y permanente del Espíritu que caracterizó los primeros reavivamientos. Contemplando es como somos cambiados. Cuando se descuidan los sagrados preceptos en los cuales Dios ha abierto a los hombres la perfección y la santidad de su carácter, y la mente de las personas es atraída a las enseñanzas y las teorías humanas, el resultado ha sido una declinación de la piedad en la iglesia. Solo cuando la ley de Dios es restaurada a la posición que le corresponde puede haber un reavivamiento de la fe y la piedad primitivas entre los que profesan ser el pueblo del Señor.

ESPERANZA REAL

Indice

La promesa de que Cristo vendrá por segunda vez para completar la gran obra de la redención es la nota tónica de las Sagradas Escrituras. Desde el Edén los hijos de la fe han esperado la venida del Prometido, quien les traería de nuevo el paraíso perdido. Enoc, en la séptima generación descendiente de los que habitaron en el Edén, y quien por tres siglos caminó con Dios, declaró: “¡He aquí que viene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos!” (S. Judas 14, 15, VM). Job, en la noche de su aflicción, exclamó: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre el polvo... en mi carne he de ver a Dios. Lo veré por mí mismo; mis ojos lo verán, no los de otro” (Job 19:25-27). Los poetas y los profetas de la Biblia se han espaciado en la venida de Cristo con ardientes palabras de fuego celestial. “¡Alégrense los cielos, y gócese la tierra!... delante de Jehová; porque viene, sí, porque viene a juzgar la tierra. ¡Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad!” (Salmo 96:11-13, VM). Dijo el profeta Isaías: “Se dirá en aquel día: ‘¡He aquí, este es nuestro Dios! Lo hemos esperado, y nos salvará. ¡Este es Jehová, a quien hemos esperado! Nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9). El Salvador consoló a sus discípulos con la seguridad de que él vendría otra vez: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay... voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy... vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo”. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones” (S. Juan 14:2, 3; S. Mateo 25:31, 32). Los ángeles repitieron a los discípulos la promesa de su regreso: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). San Pablo testificó: “El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Tesalonicenses 4:16). Y el profeta de Patmos escribió: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” (Apocalipsis 1:7). Entonces será quebrantado el poder del mal que perdurara por tanto tiempo: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15). “Jehová, el Señor, hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones” (Isaías 61:11). Entonces el reino de paz del Mesías será establecido: “Consolará Jehová a Sion; consolará todas sus ruinas. Cambiará su desierto en un edén y su tierra estéril en huerto de Jehová” (Isaías 51:3). La venida del Señor ha sido, en todos los siglos, la esperanza de sus verdaderos seguidores. En medio de sufrimientos y persecuciones, “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” era la “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13). San Pablo señaló que la resurrección ocurriría en ocasión de la venida del Salvador, cuando los muertos en Cristo se levantarían, y junto con los vivos serían arrebatados para encontrar al Señor en el aire. “Y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Tesalonicenses 4:17, 18). En Patmos, el discípulo amado oyó la promesa: “Ciertamente vengo en breve”, y su respuesta es un eco de la oración de la iglesia: “¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22:20). Desde la cárcel, la hoguera y el patíbulo, donde santos y mártires dieron testimonio de la verdad, resuena a través de los siglos la expresión de su fe y esperanza. Como dice uno de esos cristianos: Estando “seguros de la resurrección personal de Cristo y, por consiguiente, de la suya propia a la venida del Señor, ellos despreciaban la muerte y la superaban”.[1] Los valdenses acariciaban la misma fe. Wiclef, Lutero, Calvino, Knox, Ridley y Baxter[2] anticiparon con fe la venida del Señor. Tal fue la esperanza de la iglesia apostólica, de la “iglesia en el desierto” y de los reformadores. La profecía no solamente predice la manera y el propósito de la segunda venida de Cristo, sino también presenta las señales por las cuales los hombres habrían de saber cuándo ese día estaría cerca. “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas” (S. Lucas 21:25). “El sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor. Las estrellas caerán del cielo y las potencias que están en los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria” (S. Marcos 13:24-26). El revelador describe de esta manera la primera de las señales que habría de preceder a la segunda venida: “Hubo un gran terremoto. El sol se puso negro como tela de luto, la luna entera se volvió toda como sangre” (Apocalipsis 6:12). El Salvador predijo el estado de apostasía que existiría precisamente antes de su segunda venida. Para los que vivieran en ese tiempo, Cristo dejó esta amonestación: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y de embriaguez y de las preocupaciones de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día... Velad, pues, orando en todo tiempo que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (S. Lucas 21:34, 36). El llamado a prepararse – Ante la proximidad de este gran día, la Palabra de Dios llama a su pueblo para que despierte y busque el rostro del Señor con arrepentimiento: “Viene el día de Jehová, porque está cercano... ¡Proclamad ayuno, convocad asamblea, reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños... salga de su alcoba el novio y de su lecho nupcial la novia! Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová”. “Convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia” (Joel 2:1, 15-17, 12, 13). Debía realizarse una gran obra de reforma para preparar al pueblo con el fin de que estuviera en pie en el Día de Dios. En su misericordia, el Señor estaba por enviar un mensaje para despertar a quienes profesaban ser su pueblo e inducirlos a prepararse para la venida del Señor. La amonestación se encuentra en Apocalipsis 14. Aquí hay un mensaje triple que se presenta como proclamado por seres celestiales, seguido de inmediato por la venida del Hijo del Hombre para segar “la mies de la tierra”. El profeta vio, en medio del cielo, “volar otro ángel que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Decía a gran voz: ‘Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado. Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas’ ” (Apocalipsis 14:6, 7). Este mensaje es una parte del “evangelio eterno”. La obra de predicar ha sido confiada a los hombres. Santos ángeles la dirigen, pero la verdadera proclamación del evangelio la realizan los siervos de Dios que están sobre la Tierra.[3] Peligro de resistir el llamado del evangelio – La destrucción de Jerusalén es una solemne advertencia dirigida a todos los que resisten los clamores de la misericordia divina. La profecía del Salvador concerniente a los juicios sobre Jerusalén ha de tener otro cumplimiento. En la suerte corrida por la ciudad escogida podemos ver la condenación de un mundo que ha rechazado la misericordia de Dios y pisoteado su Ley. Negros son los registros de la miseria humana que el mundo ha presenciado. Terribles han sido los resultados de rechazar la autoridad del cielo. Pero una escena aún más tenebrosa es lo que se presenta en las revelaciones del futuro. Cuando el Espíritu restrictivo de Dios se haya retirado totalmente, para no frenar más los arrebatos de las pasiones humanas y de la ira satánica, el mundo contemplará, como nunca antes, los resultados del gobierno de Satanás. En ese día, como en la destrucción de Jerusalén, será librado el pueblo de Dios (ver Isaías 4:3). Cristo vendrá la segunda vez para reunir a sus fieles consigo. “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y todas las tribus de la tierra harán lamentación cuando vean al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Enviará a sus ángeles con gran voz de trompeta y juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (S. Mateo 24:30, 31). Guárdense los hombres de descuidar las palabras de Cristo. Así como advirtió a sus discípulos acerca de la destrucción de Jerusalén para que huyeran de ella, así advierte al mundo acerca del día de la destrucción final. Todos los que quieran pueden huir de la ira que vendrá. “Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes” (S. Lucas 21:25; ver también S. Mateo 24:29; S. Marcos 13:24-26; Apocalipsis 6:12-17). La advertencia del Señor es: “Velad, pues” (S. Marcos 13:35). Los que escuchen la advertencia no serán dejados en tinieblas. El mundo no está más dispuesto a creer el mensaje para este tiempo que lo que estaban los judíos para recibir la advertencia del Salvador con relación a Jerusalén. Venga cuando viniere, el Día de Dios sobrevendrá en forma inadvertida para los impíos. Cuando la vida continúe su curso invariable; cuando los hombres estén absortos en el placer, los negocios y el hacer dinero; cuando los líderes religiosos estén magnificando los progresos del mundo y la gente esté adormecida en una falsa seguridad, entonces, así como el ladrón entra a medianoche en una casa sin custodia, vendrá destrucción repentina sobre los descuidados impíos, “y no escaparán” (1 Tesalonicenses 5:2-5). Satanás trata de mantener a la gente bajo su poder – Por medio de dos grandes errores –la inmortalidad del alma y la santidad del domingo–, Satanás colocará a la gente bajo sus engaños. En tanto que el primer error coloca el fundamento del espiritismo, el último crea un lazo de simpatía con Roma. Por medio del espiritismo Satanás aparece como un benefactor de la humanidad, alguien que sana enfermedades y presenta un nuevo sistema de fe religiosa, pero al mismo tiempo conduce a las multitudes a la ruina. La intemperancia destrona la razón; le siguen la sensualidad, las disensiones y el derramamiento de sangre. La guerra excita las peores pasiones del alma y envía a la eternidad a sus víctimas sumergidas en el vicio y la pasión. El gran enemigo tiene el plan de incitar a las naciones a la guerra, porque de esta manera puede distraer a la gente de la preparación necesaria para estar en pie en el Día de Dios. Satanás ha estudiado los secretos de la naturaleza, y él emplea todo su poder para controlar los elementos hasta donde Dios se lo permite. Es Dios quien protege a sus criaturas del destructor. Pero el mundo cristiano ha manifestado desprecio por la Ley del Altísimo, y el Señor hará lo que él ha declarado que hará: retirar su cuidado protector de los que se rebelan contra su Ley y obligan a otros a hacer lo mismo. Satanás tiene el dominio de todos aquellos a quienes Dios no protege en forma especial. Él favorecerá y prosperará a algunos, con el fin de hacer adelantar sus propios designios; y traerá aflicciones sobre otros, para inducir a los hombres a creer que es Dios el que los aflige. Si bien aparecerá como un gran médico que puede sanar todas las enfermedades, por otro lado Satanás acarreará enfermedad y desastres hasta que ciudades populosas sean reducidas a la ruina. Mediante accidentes en mar y tierra, por medio de grandes guerras, usando tornados y tormentas de granizo, tempestades, inundaciones, ciclones, mareas que inundan la tierra y mil otras formas, Satanás está ejerciendo su poder. Destruye la cosecha que madura, y a esto le siguen el hambre y la aflicción. Arroja al aire un efluvio letal, y miles perecen. Luego el gran engañador persuadirá a los hombres a culpar de todos estos males a aquellos cuya obediencia a los mandamientos de Dios es una perpetua reprobación para los transgresores. Se declarará que los hombres ofenden a Dios al violar la observancia del domingo, que este pecado trae calamidades y que ellas no cesarán hasta que la observancia del domingo sea impuesta estrictamente. “Los que destruyen la reverencia del domingo están impidiendo la restauración del favor divino y la prosperidad”. De este modo se repetirá la acusación hecha en la antigüedad contra el siervo de Dios: “Cuando Acab vio a Elías le dijo: ¿Eres tú el que perturba a Israel?” (1 Reyes 18:17). Los que honran el sábado bíblico serán denunciados como enemigos de la ley y el orden, quebrantadores de las restricciones morales de la sociedad, causantes de anarquía y corrupción, y provocadores del derramamiento de los juicios de Dios sobre la Tierra. Serán acusados de desobediencia al gobierno. Predicadores que niegan la obligación de cumplir la ley de Dios presentarán desde el púlpito el deber de obedecer a las autoridades civiles. Los que observan los mandamientos serán condenados en los tribunales y en las cortes de justicia. Se dará una falsa interpretación a sus palabras; se atribuirán las peores intenciones a sus motivos. Los dignatarios de la Iglesia y del Estado se unirán para persuadir o para obligar a todos a honrar el domingo. Aun en la libre nación de Estados Unidos los gobernantes y legisladores cederán a la demanda popular para dictar una ley que imponga la observancia del domingo. La libertad de conciencia, que ha costado un sacrificio tan grande, no será ya respetada. En el conflicto inminente veremos ejemplificadas las palabras del profeta: “El dragón se llenó de ira contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de la descendencia de ella, contra los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apocalipsis 12:17). Siervos de Dios, con sus rostros iluminados por su santa consagración, se apresurarán de lugar en lugar para proclamar el mensaje del cielo. Seguirán milagros, y los enfermos sanarán. Satanás también obrará con milagros mentirosos, aun haciendo descender fuego del cielo (ver Apocalipsis 13:13). Así los habitantes de la Tierra serán preparados para hacer su decisión. El mensaje avanzará no tanto mediante argumentos sino gracias a la profunda convicción obrada por el Espíritu de Dios. Los argumentos han sido presentados, las publicaciones han ejercido su influencia; sin embargo, muchos se han visto impedidos de comprender en forma plena la verdad. Ahora ésta aparece con toda su claridad. Los vínculos familiares, las relaciones con la iglesia, son impotentes para detener a los honestos hijos de Dios. A pesar de las fuerzas combinadas contra la verdad, un gran número de personas tomará su lugar en las filas del Señor. Los que honran la Ley de Dios serán considerados como la causa de la terrible lucha y el derramamiento de sangre que llenan la Tierra de desgracia. El poder que acompaña a la última advertencia ha encolerizado a los malvados, y Satanás excitará el espíritu de odio y persecución contra todos los que han recibido el mensaje. Una fe que permanece – El tiempo de aflicción y angustia que está delante de nosotros requiere una fe que soporte el cansancio, la demora y el hambre, una fe que no desfallezca por severa que sea la prueba. La victoria de Jacob es una evidencia del poder de la oración importuna. Todos los que se aferren a las promesas de Dios, como lo hizo Jacob, tendrán el mismo éxito que él obtuvo. ¡Luchar con Dios!; ¡cuán pocos saben lo que esto significa! Cuando las olas de la desesperación envuelven al suplicante, ¡cuán pocos se aferran con fe a las promesas de Dios! Pronto ocurrirán en los cielos, como una demostración del poder de los demonios obradores de milagros, sucesos terribles de carácter sobrenatural. Espíritus de demonios “irán a los reyes de la tierra”, en todo el mundo, para instarlos a unirse con Satanás en su última batalla contra el gobierno del Cielo. Surgirán personas que pretenderán ser Cristo mismo. Ellas realizarán milagros de sanamiento y profesarán tener revelaciones del Cielo que contradicen las Escrituras. El acto culminante – Como acto culminante en el gran drama de engaño, Satanás mismo se hará pasar por Cristo. Por largo tiempo la iglesia ha esperado el advenimiento del Salvador como la consumación de sus esperanzas. Ahora el gran engañador hará parecer como que Cristo ha venido. Satanás se manifestará como un ser majestuoso de brillo deslumbrante, imitando la descripción del Hijo de Dios que hay en el Apocalipsis (ver Apocalipsis 1:13-15). La gloria que lo rodea no es sobrepasada por cosa alguna que los ojos mortales hayan observado. Resuenan los clamores de triunfo: “¡Cristo ha venido!” La gente se postra ante él. Y él levanta sus manos y los bendice. Su voz es suave, y a la vez llena de melodía. En tonos compasivos presenta algunas de las verdades celestiales que pronunciara el Salvador. Sana a los enfermos y luego, en su presunto carácter de Cristo, asevera haber cambiado el reposo del sábado al domingo. Declara que quienes observan el séptimo día están blasfemando su nombre. Este es el engaño más poderoso, casi supremo. Multitudes prestan oído a estos sortilegios y dicen: “Este es el gran poder de Dios” (Hechos 8:10). El pueblo de Dios no resulta engañado – Pero el pueblo de Dios no resulta engañado. Las enseñanzas de este falso Cristo no están de acuerdo con las Escrituras. Pronuncia su bendición sobre los adoradores de la bestia y de su imagen; es decir, precisamente sobre la clase de gente que, según declara la Biblia, recibirá la ira de Dios sin mezcla de misericordia. Además, a Satanás no se le permite falsificar la forma en que se producirá el advenimiento de Cristo. El Salvador ha advertido a su pueblo contra el engaño en este punto. “Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si es posible, aun a los escogidos... Así que, si os dicen: ‘Mirad, está en el desierto’, no salgáis; o ‘Mirad, está en los aposentos’, no lo creáis, porque igual que el relámpago sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre” (S. Mateo 24:24-27; ver también 25:31; Apocalipsis 1:7; 1 Tesalonicenses 4:16, 17). No existe posibilidad alguna de falsificar esta venida, pues será presenciada por el mundo entero. Sólo los diligentes estudiosos de las Escrituras, quienes han recibido el amor de la verdad, se hallarán escudados contra el poderoso engaño que cautiva al mundo. Por medio del testimonio de la Biblia, éstos descubrirán al engañador detrás de su disfraz. ¿Están los hijos de Dios hoy tan firmemente establecidos en la Palabra que no cederán a las evidencias de sus propios sentidos? En una crisis semejante, ¿se aferrarán ellos a la Biblia, y a la Biblia solamente?

LA VICTORIA DEL AMOR

Indice

Al final de los mil años,[1] Cristo regresa a la Tierra acompañado por los redimidos y una comitiva de ángeles. Él ordena a los impíos que se levanten para recibir su castigo. Ellos obedecen, en número tan incontable como las arenas del mar, mostrando las huellas de la enfermedad y la muerte. ¡Qué contraste con los que fueron levantados en la primera resurrección! Todas las miradas se concentran en la gloria del Hijo de Dios. A una voz la hueste de los impíos exclama: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (S. Mateo 23:39). No es el amor lo que les inspira esta exclamación; es la fuerza de la verdad la que empuja a estas palabras a salir de labios reacios. Los impíos salen de sus tumbas con la misma enemistad hacia Cristo y con el mismo espíritu de rebelión con que bajaron a ellas. No han de tener una nueva oportunidad para remediar su vida pasada. Dice el profeta: “En aquel día se afirmarán sus pies sobre el Monte de los Olivos... El Monte de los Olivos se partirá por la mitad” (Zacarías 14:4). Cuando la nueva Jerusalén baja del cielo, descansa en el lugar preparado, y Cristo, su pueblo y los ángeles entran en la Santa Ciudad. Mientras estaba privado de su obra de engañar, el príncipe del mal se sentía miserable y abatido. Pero al ver a los impíos resucitar y a las vastas multitudes a su lado, sus esperanzas reviven. Resuelve no ceder en el gran conflicto: comandará a los perdidos reuniéndolos bajo su estandarte. Y estos, al rechazar a Cristo, han aceptado la dirección del jefe rebelde y están listos para obedecerle. Sin embargo, consecuente con su engaño anterior, él no se manifiesta como Satanás. Declara ser el dueño legal del mundo, cuya herencia le ha sido injustamente arrebatada. Se presenta como un redentor, asegurando a sus engañados súbditos que es su poder el que los ha levantado de la tumba. Satanás da fuerzas a los débiles, e inspira a todos con su propia energía, para conducirlos con el fin de tomar posesión de la Ciudad de Dios. Señala a los innumerables millones que han sido levantados de entre los muertos y declara que, como dirigente de ellos, es capaz de recuperar su trono y reino. En la vasta multitud se halla la raza longeva que existió antes del diluvio, hombres de gloriosa estatura e intelecto gigantesco; hombres cuyas obras maravillosas indujeron al mundo a idolatrar su genio, pero cuya crueldad e inventos malignos hicieron que Dios los eliminara de su creación. Hay reyes y generales que nunca perdieron una batalla. En la muerte no experimentaron ningún cambio. Al salir de la tumba están impulsados por el mismo deseo de conquista que los dominó cuando cayeron. El asalto final contra Dios – Satanás consulta con estos hombres poderosos. Ellos declaran que el ejército que está dentro de la ciudad es pequeño y pueden ser vencidos. Hábiles artesanos construyen implementos de guerra. Líderes militares organizan a los hombres en compañías y divisiones. Por fin se da la orden de ataque, y la hueste innumerable avanza; un ejército que las fuerzas combinadas de todas las edades jamás podría igualar. Satanás va a la vanguardia, y reyes y guerreros lo acompañan. Con precisión militar, las columnas cerradas avanzan sobre la quebrada superficie de la Tierra hacia la Ciudad de Dios. Jesús ordena cerrar las puertas de la Nueva Jerusalén, y los ejércitos de Satanás se alistan para el ataque. Ahora Cristo aparece a la vista de sus enemigos. Muy por encima de la ciudad, sobre un fundamento de oro bruñido, se halla su trono. Sobre este trono se sienta el Hijo de Dios, y en torno a él están los súbditos de su reino. La gloria del Padre eterno circunda a su Hijo. El fulgor de su presencia irradia atravesando las puertas e inunda la Tierra con su brillantez. Cerca del trono se hallan quienes una vez fueron celosos en la causa de Satanás pero que, arrebatados como tizones ardientes, han seguido a su Salvador con intensa devoción. Próximos a ellos están los que han perfeccionado sus caracteres en medio de la falsedad y la infidelidad, los que honraron la Ley de Dios cuando el mundo la declaraba abolida, y los millones, de todas las edades, martirizados por su fe. Más allá está la “gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas... delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en sus manos” (Apocalipsis 7:9). Su lucha ha terminado, la victoria está ganada. La palma es un símbolo de triunfo; el manto blanco, un emblema de la justicia de Cristo, la cual ahora les pertenece. En toda esa multitud no existe nadie que se atribuya la salvación a sí mismo gracias a su propia bondad. Nada se dice de lo que han sufrido; la nota tónica de todos sus cánticos es: Salvación a nuestro Dios y al Cordero. Sentencia pronunciada contra los rebeldes – En presencia de los habitantes reunidos de la Tierra y del Cielo ocurre la coronación del Hijo de Dios. Y ahora, investido de suprema majestad y poder, el Rey de reyes pronuncia la sentencia sobre los rebeldes que han transgredido su Ley y oprimido a su pueblo. “Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo y ningún lugar se halló ya para ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios. Los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida. Y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:11, 12). Cuando la mirada de Jesús se fija en los impíos, estos son conscientes de todos los pecados que cometieron alguna vez. Ven sus propios pies apartarse de la senda de la santidad, las tentaciones seductoras que aceptaron por su complacencia con el pecado, los mensajeros de Dios despreciados, las advertencias desoídas, las oleadas de misericordia rechazadas por un corazón obstinado e impenitente; todo aparece como si estuviera escrito con letras de fuego. Por encima del trono se revela la cruz. Como en visión panorámica aparecen las escenas de la caída de Adán y los pasos sucesivos en el plan de la redención. El nacimiento humilde del Salvador; su vida de sencillez; su bautismo en el Jordán; su ayuno y tentación en el desierto; su ministerio para presentar ante los hombres las bendiciones del Cielo; los días llenos de obras de misericordia; las noches de oración en la montaña; las maquinaciones llenas de envidia y malicia con que fueron pagados sus beneficios; la agonía misteriosa en el Getsemaní bajo el peso de los pecados del mundo; su traición por parte de la turba asesina; los sucesos de la noche de horror –el preso voluntario abandonado por sus discípulos, juzgado en el palacio del sumo sacerdote, en la corte de juicio de Pilato, ante el cobarde Herodes, burlado, insultado, torturado y condenado a morir–; todas estas cosas son presentadas vívidamente. Y luego, ante las multitudes inquietas, se revelan las escenas finales: el Sufridor paciente que recorre el camino del Calvario; el Príncipe del Cielo que pende de la cruz; los sacerdotes y los rabinos que se mofan de su agonía moribunda; la oscuridad sobrenatural que señala el momento cuando el Redentor del mundo deponía su vida. El espectáculo horrible aparece tal como es. Satanás y sus súbditos no tienen poder para dejar de observar la escena. Cada actor recuerda la parte que desempeñara. Herodes, quien dio muerte a los niños inocentes de Belén; la vil Herodías, sobre cuya alma descansa la sangre de Juan el Bautista; el débil Pilato, esclavo de las circunstancias; los soldados burladores; la turba enloquecida que exclamaba: “¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (S. Mateo 27:25); todos tratan en vano de esconderse de la majestad divina de su rostro, mientras que los redimidos arrojan sus coronas a los pies del Salvador y exclaman: “¡Él murió por mí!” Allí está Nerón, monstruo lleno de crueldad y vicios, contemplando la exaltación de aquellos en cuya angustia encontrara satánica delicia. Su madre presencia su propia obra, y cómo las pasiones estimuladas por su influencia y ejemplo dieron como fruto crímenes que han horrorizado al mundo. Hay sacerdotes y prelados papistas que pretendieron ser embajadores de Cristo y, sin embargo, emplearon el potro, la prisión y la hoguera para dominar al pueblo de Dios. Allí están los orgullosos pontífices que se exaltaron por encima de Dios y pensaron poder cambiar la Ley del Altísimo. Esos pretendidos padres tienen una cuenta que rendir delante de Dios. Demasiado tarde ven ahora que el Omnipotente es celoso de su Ley. Se dan cuenta ahora de que Cristo identifica sus intereses con su pueblo sufriente. Todo el mundo impío se halla en juicio, acusado de alta traición contra el gobierno del Cielo. No tienen ningún argumento para defender su causa; no tienen ninguna excusa; y la sentencia de la muerte eterna se pronuncia contra ellos. Los impíos ven lo que han perdido por su rebelión. El alma perdida exclama: “Todo esto yo lo habría podido obtener. ¡Oh, extraña infatuación! He cambiado la paz, la felicidad y el honor por la desdicha, la infamia y la desesperación”. Todos ven que su exclusión del cielo es justa, pues mediante su vida habían declarado: “No queremos que este Jesús reine sobre nosotros”. Satanás, derrotado – Como fascinados, los malvados observan la coronación del Hijo de Dios. Ven en sus manos las tablas de la Ley divina que despreciaron. Presencian el clamor de la adoración proveniente de los salvados; y mientras las oleadas de melodías repercuten por encima de las multitudes que están fuera de la ciudad, todos exclaman: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos”. Y postrándose, adoran al Príncipe de la vida (Apocalipsis 15:3). Satanás parece paralizado. Habiendo sido una vez el querubín cubridor, recuerda de dónde ha caído. Está para siempre excluido del concilio en donde una vez fue honrado. Ve ahora a otro junto al Padre, un ángel de majestuosa presencia. Él sabe que la exaltada posición de ese ángel podría haber sido suya. Recuerda el hogar de su inocencia, la paz y el contentamiento que disfrutaba hasta su rebelión. Repasa su obra entre los hombres y sus resultados: la enemistad del hombre contra su prójimo, la terrible destrucción de vidas, el derrocamiento de tronos, los tumultos, los conflictos y las revoluciones. Recuerda sus constantes esfuerzos para oponerse a la obra de Cristo. Al mirar el fruto de su trabajo, ve solamente fracaso. Una y otra vez en el proceso del gran conflicto él fue derrotado y obligado a rendirse. El blanco del gran rebelde ha sido siempre probar que el gobierno divino era responsable por la rebelión. Ha inducido a vastas multitudes a aceptar su versión. Durante miles de años este jefe de la conspiración tramó falsear la verdad. Pero ahora ha llegado el tiempo cuando la historia y el carácter de Satanás han de ser descubiertos. En su último esfuerzo por destronar a Cristo, destruir a su pueblo y tomar posesión de la Ciudad de Dios, el archirrebelde ha sido totalmente desenmascarado. Los que se han unido a él ven el fracaso total de su causa. Satanás observa que su rebelión voluntaria lo ha descalificado para el cielo. Él ha desarrollado sus facultades para luchar contra Dios; la pureza y la armonía del cielo serían para él, ahora, suprema tortura. Entonces se postra y confiesa la justicia de su sentencia. Ahora ha sido aclarada toda cuestión acerca de la verdad y el error en el conflicto milenario. Los resultados de anular los estatutos divinos han sido abiertos a la vista del universo entero. La historia del pecado será, por toda la eternidad, un testimonio de que la existencia de la Ley de Dios está ligada a la felicidad de todos los seres que él ha creado. El universo entero, leales y rebeldes, declara al unísono: “Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos”. Ha llegado la hora cuando Cristo es glorificado por encima de todo nombre que es nombrado. Por el gozo que le fue propuesto –el que pudiera traer a muchas almas a la gloria–, soportó la cruz. Mira a los redimidos, renovados a su propia imagen. Contempla en ellos el resultado del trabajo de su alma, y está satisfecho (ver Isaías 53:11). Con una voz que alcanza a todas las multitudes, a los justos y a los impíos, declara: “¡He aquí lo que compré con mi sangre! Por ellos he sufrido, por ellos he muerto”. Muerte violenta de los impíos – El carácter de Satanás no cambia. La rebelión, como poderoso torrente, surge de nuevo. Él determina no ceder en la última lucha desesperada contra el Rey del cielo. Pero, de todos los incontables millones que él ha seducido en la rebelión, nadie reconoce ahora su supremacía. Los impíos están llenos del mismo odio hacia Dios que inspira a Satanás, pero ven que su caso es desesperado. Desciende fuego de Dios desde el cielo. La Tierra se desmenuza. Llamas devoradoras surgen por todas partes de grietas amenazantes. Las mismas rocas están en llamas. Los elementos se funden con el intenso calor, y también la Tierra, y las obras que en ellas están son quemadas (ver 2 S. Pedro 3:10). La superficie de la Tierra parece una masa derretida; un inmenso lago de fuego hirviente. “Es día de venganza de Jehová, año de retribuciones en el pleito de Sion” (Isaías 34:8). Los impíos son castigados de acuerdo con sus obras. A Satanás se lo hace sufrir no solamente por su propia rebelión, sino también por todos los pecados que ha hecho cometer al pueblo de Dios. En las llamas los impíos son por fin destruidos, raíz y rama: Satanás es la raíz; sus seguidores, las ramas. Se ha pagado la completa penalidad de la Ley, las demandas de la justicia se han cumplido. La obra satánica de ruina ha terminado para siempre. Ahora las criaturas de Dios están libres para siempre de sus tentaciones. Mientras la Tierra se halla envuelta en fuego, los justos moran con seguridad en la Ciudad Santa. En tanto que Dios es fuego consumidor para el malvado, es un escudo para su pueblo (ver Apocalipsis 20:6; Salmo 84:11). Nuestro hogar definitivo – “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado” (Apocalipsis 21:1). El fuego que consume a los malos purifica la Tierra. Desaparece todo resto de maldición. Ningún infierno que arda perpetuamente recordará a los redimidos las terribles consecuencias del pecado. Permanece un solo recordativo: nuestro Redentor llevará por siempre las marcas de su crucifixión, los únicos rastros de la obra cruel realizada por el pecado. A través de las edades eternas, las cicatrices del Calvario mostrarán su alabanza y declararán su poder. Cristo les aseguró a sus discípulos que él iba a preparar mansiones para ellos en la casa del Padre. El lenguaje humano es inadecuado para describir la recompensa de los justos. La conocerán solo quienes la contemplen. ¡Ninguna mente finita puede comprender la gloria del Paraíso de Dios! En la Biblia se denomina “patria” a la herencia de los salvados (ver Hebreos 11:14-16). Allí el Pastor celestial conduce a su rebaño a fuentes de aguas vivas, corrientes que fluyen eternamente, claras como el cristal, y en cuyas márgenes se mecen árboles que arrojan sus sombras sobre los senderos preparados para los redimidos del Señor. Amplias llanuras alternan con colinas de belleza, y los montes de Dios elevan sus altas cumbres. En esas llanuras pacíficas, junto a esos arroyos vivientes, los hijos de Dios, por tanto tiempo peregrinos y vagabundos, encontrarán su patria. “Edificarán casas y morarán en ellas; plantarán viñas y comerán el fruto de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma... mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos”. Allí “se alegrarán el desierto y el erial; la estepa se gozará y florecerá como la rosa”. “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará... y un niño los pastoreará... No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte” (Isaías 65:21, 22; 35:1; 11:6, 9). El dolor no puede existir en el cielo. No habrá más lágrimas ni cortejos fúnebres. “Ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron”. “No dirá el morador: ‘Estoy enfermo’. Al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad” (Apocalipsis 21:4; Isaías 33:24). Allí está la Nueva Jerusalén, la metrópoli de la Tierra Nueva glorificada. “Su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal... Las naciones que hayan sido salvas andarán a la luz de ella y los reyes de la tierra traerán su gloria y su honor a ella... ‘El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios’ ” (Apocalipsis 21:11, 24, 3). En la Ciudad de Dios “no habrá más noche” (Apocalipsis 22:5). No habrá cansancio. Siempre sentiremos la frescura de la mañana, la cual nunca llegará a su fin. La luz del sol será sustituida por un resplandor que no es dolorosamente deslumbrante, pero que superará enormemente a la claridad de nuestro mediodía. Los redimidos caminarán en la gloria del día perpetuo. “En ella no vi templo, porque el Señor Dios Todopoderoso es su templo, y el Cordero” (Apocalipsis 21:22). El pueblo de Dios tiene el privilegio de mantener una comunión abierta con el Padre y con el Hijo. Ahora contemplamos la imagen de Dios como en un espejo, pero entonces lo veremos cara a cara, sin ningún velo que lo oculte. El triunfo del amor de Dios – Allí el amor y la simpatía que Dios mismo ha implantado en el alma encontrarán su expresión más genuina y más dulce. La comunión pura con los seres santos y los fieles de todas las edades, los lazos sagrados que unen a toda la “familia en los cielos y en la tierra”; todo esto ayudará a constituir la felicidad de los redimidos (Efesios 3:15). Allí las mentes inmortales contemplarán con delicia incesante las maravillas del poder creador, los misterios del amor redentor. Toda facultad será desarrollada; toda capacidad, incrementada. La adquisición de conocimientos no agotará las energías. Se llevarán a cabo las mayores empresas, se alcanzarán las más altas aspiraciones, se realizarán las más elevadas ambiciones. Y aún surgirán nuevas alturas que superar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, objetivos que agucen las facultades de la mente, el alma y el cuerpo. Todos los tesoros del universo estarán abiertos ante los redimidos de Dios. Libres de la mortalidad, emprenden un vuelo incansable hacia los mundos lejanos. Los hijos de la Tierra entran en el gozo y la sabiduría de los seres no caídos, y comparten los tesoros de conocimiento obtenidos a través de muchas edades. Con visión clarísima contemplan la gloria de la creación: soles, estrellas y sistemas, todos marchando en el orden señalado en torno al trono de la Deidad. Y los años de la eternidad, a medida que transcurran, traerán consigo revelaciones aún más gloriosas de Dios y de Cristo. Cuanto más aprendan los hombres acerca de Dios, mayor será su admiración de su carácter. Cuando Jesús abra delante de ellos las riquezas de la redención y les revele los hechos asombrosos del gran conflicto con Satanás, el corazón de los redimidos se estremecerá de devoción, y miles y miles de voces se unirán para engrosar el majestuoso coro de alabanza. “A todo lo creado que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos, oí decir: ‘Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5:13). El gran conflicto ha terminado. Ya no existen ni pecado ni pecadores. El universo entero está limpio. Una sola pulsación de armonía y alegría late a través de la vasta creación. Del Ser que creó todo fluyen vida, luz y alegría por toda la expansión del espacio infinito. Desde el átomo más diminuto hasta el más grande de los mundos, todas las cosas, animadas e inanimadas, declaran, en su belleza sin mácula y gozo perfecto, que Dios es amor.

NUESTRA UNICA SALVAGUARDIA
PAZ VERDADERA
ESPERANZA REAL
LA VICTORIA DEL AMOR